El otro día quedé con un proveedor para la entrega del contrato en el que garantizaba una relación de servicio durante tres años entre su empresa para con la mía. Llevaba meses de vaivenes con este contrato, correcciones, esperas de firmas y demás. Llamada tras llamada, mail tras mail, insistiendo que su área legal revisara el contrato, y que su gerencia lo firmara. Después de, sin exagerar más de 6 meses, finalmente me dijo que el contrato ya estaba firmado, y que quería venir a entregármelo personalmente, junto a otros documentos que yo había solicitado. Acordamos en una fecha y hora para encontrarnos en mi oficina, según su conveniencia, pues yo tengo más flexibilidad.
Yo tenía agendada la reunión en mi Lotus, así que planifiqué mi día y llegué temprano a la oficina para poder ir avanzando con algunas cosas importantes antes de que él llegara. Sé que a los proveedores se les tiene que dar un poco de cuerda de cuando en vez, y me gusta tomarme mi tiempo para escucharles y caerles bien. Así que avancé en mis cosas y, llegada la hora en la que debería haber llegado, me puse a hacer algunas cosas más secundarias y cortas, para que no me supusiera una interrupción su llegada. Pasada media hora, ya contando con el taranná local, le escribí un mensaje, a sabiendas que una persona de su posición carga con un celular con conexión a datos. A la hora, intenté llamar, pero no obtuve respuesta.
A las dos horas, tenía ya otra compromiso, y decidí salir, pidiendo, inocente de mi, a la recepcionista, que por favor, si el señor en cuestión llegaba, que me lo notificara para ver si podía regresar.
Definitivamente nunca fue, y tampoco nunca envió un correo o llamó pidiendo las disculpas del caso.
Al cabo de una semana, recibí un sobre escrito a mano con una letra casi infantil, con el contrato dentro. Unas horas más tarde, una llamada del sujeto, pidiendo que si, por favor, le podía devolver el contrato firmado, lo antes posible.
Frente a hechos como esto, no puedo más que quedarme con cara de pócker y morderme la lengua.
No es algo aislado, ni fue la primera vez que me pasaba, sino todo lo contrario. Aquí esto te pasa desde con clientes, proveedores, amigos o incluso familiares.
El tiempo parece no tener valor, y parece poderse administrar al gusto de uno, sin importar las repercusiones que tiene en otros, que pueden permanecer por horas, o por días, a la espera. No hay la costumbre de avisar por lo que el respeto por el tiempo ajeno, no existe.
Yo que siempre fui de las que llegan cinco min antes a los sitios, el tema de saber que ahora tengo que llegar siempre media hora tarde, y que aún así me voy a tener que esperar, como dirían aquí, "me pasa de vueltas".
Creo que, para la buena salud mental de todos los nuevos que llegamos aquí, deberían decirnos y recordarnos de tanto en tanto que, el peruano por lo general es tardón, no sabe decir que NO y que aunque te digan que es seguro, lo más probable es que no lo sea.
Así que paciencia y buena cara. Aquí el tiempo NO es oro!
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