jueves, 17 de septiembre de 2015

Luces y flashes de colores

Una debe reconocer, que en momentos como estos, de gestación me refiero, no está con mucha paciencia, y toda esa tolerancia y paciencia, desarrollada y aumentada durante los años, hay días, que se van al tacho y una acaba reventando, y mal.

Por suerte nunca he sido una busca-pleitos, y más bien, me hago la loca, mordiéndome, en cierta manera, la lengua y algo más profundo, para evitar entrar en peleas con nadie, y no estresar ni al bebé, ni a mi misma.

Pero, inevitablemente, hay cosas con las que no puedo, y una de ellas, con estos guarda-espaldas, o policías de tránsito, que acompañan a no sé qué personalidades, siempre con una enorme prisa por llegar a su destino, saltándose ellos, y haciendo saltar a los demás, todo tipo de normas de tránsito, señales y límites de velocidad, para que el coche en cuestión llegue a su destino, sin soportar todo el tráfico que el resto de habitantes de la ciudad, tenemos que soportar a diario, y además, madrugar, para llegar a la hora.

Se entiende que personas de tal calibre, tienen preferencia e inmunidad ante las normas de tráfico, y cualquier multa, que claro, ellos no pagan, pero que cualquier ciudadano de a pie (excepto combis y taxis, claro), deben pagar.

Pues claro, ante tal injusticia, una se pone terca.

El otro día, yendo a la piscina, unas de estas flamantes y relucientes motos, con sus luces de colores parpadeantes, se puso detrás de mi, mientras esperaba que el semáforo prendiera su luz verde, y poder seguir mi camino, de bajada a la Costa Verde. Yo, en vista de que al semáforo le faltaban solo 15 segundos para cambiar de color, hice caso omiso a los moteros que me acosaban con sus flashes de luces. Segundos más tarde, ya me estaban pitando y hablando por el altavoz, exigiendo que me saltara el semáforo, aún en rojo, mientras otros coches que venían en otro sentido, cruzaban frente a mi, poniendo en peligro mi vida y la de los otros, y arriesgándome a ganarme una multa, porque el semáforo tenía cámaras. Les señalé que el semáforo estaba en rojo, y que se esperaran. No iba a cruzarlo.

Bueno, ahí se montó el show, en esos diez segundos restantes, en los que me estuvieron gritando por los altavoces para que avanzara mi vehículo, incumpliendo con el reglamento, cosa que no me dio la gana de hacer, y aguanté como pude, la presión y la vergüenza, de sentir que todo el mundo me miraba.

Finalmente, el semáforo, tras 10 segundos que se volvieron eternos, dejó el rojo para volverse verde, y ahí avancé y dejé avanzar al tal Sr. Apurado con poder, que quería pasar y zurrarse con todos.

Desde aquí, hago una llamada para detener tal injusticia y abuso de la autoridad de estas personas, y de los policías que los custodian, que, a parte de hacerlos inmunes indebidamente, ponen en riesgo la seguridad de tanto los otros vehículos como los peatones que cruzan, por no tomar las precauciones necesarias, por no hablar ya del escándalo acústico que ocasionan por allá donde pasan.

No son ambulancias y no tienen ninguna emergencia.

No los voy a dejar pasar, ¿y tú?


jueves, 3 de septiembre de 2015

Cumpleaños infantil para nanas

Hace sólo unos días, tuve la dicha, o más bien la desdicha, de ser invitada a un cumpleaños infantil un día de semana.

Debo decir que estoy en contra de estos cumpleaños multitudinarios, que más que cumpleaños parecen bodas, con todo tipo de decoración, show, música a todo volumen y el frenesí, al final disforzado, de los niños corriendo con altos niveles de azúcar en la sangre.


Tal vez esto explique que, en general, no quiera llevar a mi hijo a estos mega eventos, y menos estar yo presente, porque sé que acabo con ganas de no regresar a otro en un buen tiempo.


Esta vez tuve que ir: mi condición forzada de mujer florero temporal, no permitía excusas, y eran amigos cercanos, así que barriga a cuestas, y niño en mano, me animé a buscar la dirección en el laberíntico San Borja, donde siempre me pierdo, o me perdía (Waze ahora es mi mejor amigo).


Como manda la tradición local, salí una hora tarde de casa, para llegar y estar el mínimo tiempo posible, en la jaula de locas y locones.


Al llegar, con las justas encontré 4 o 5 otras madres que conocía, y alguna que otra más que nunca había visto, y suponía conocidos del nido del agasajado. El resto, algunos familiares y un largo elenco de empleadas del hogar o nanas que casi eran más que niños, y que habían invadido el poco espacio de mesas con sillas que habían en la fiesta, y que charlaban hasta por los codos entre ellas, poniéndose al día de lo que sus señoras habían hecho o dejado de hacer durante los últimos días. Definitivamente más efectivo que comprar la revista Hola. Me gustaría saber si a sus empleadoras les hace mucha gracia, que se vayan sacando al aire sus asuntos domésticos o personales de esa manera, pero supongo que es inevitable, porque en su mayoría, estas señoras, viven las 24h de la casa.


Independientemente de la cantidad de información amarillista que puedes escuchar en estos sitios, lo que me impactó esta vez, no fue esto, porque al fin y al cabo, esto es pan de cada día. La gente es chismosa, pes! No fue eso, sino el ver que a muchas de estas chicas o señoras, todas de origen bastante humilde, nadie les haya explicado cómo comportarse o actuar en estos sitios.


Por un lado, pese a mis 6 Kg de más y mi barriga extra voluminosa, nadie se ofreció a cederme, ni en un solo momento, un asiento para poder reposar piernas y alma, y eso considerando que no era la única embarazada, sino que éramos 4, y ninguna pudo sentarse ni un minuto en toda la tarde.


En otra ocasión, mientras mi hijo y yo hacíamos cola para ingresar al único baño disponible para los invitados, súbitamente, al abrirse la puerta que me permitía ingresar con mi hijo, alguien me apartó e ingresó con una niña, dejándome boquiabierta, por no decir altamente sorprendida por la conchudez o cara dura de la señora en cuestión, cuidadora de la niña. Tuve que abrir la puerta antes de que me la cerrara en las narices, y pedirle con educación que saliera, porque todos estábamos haciendo cola. La señora, sin ni mirarme, me dijo que la niña quería ir al baño, mientras hacía un nuevo intento por cerrar la puerta. De nuevo insistí, y le tuve que pedir que saliera, porque mi hijo, también necesitaba hacer pila y que, como tocaba, había tenido que esperar en cola a que nos tocara. Finalmente, y en vistas que no le iba a dejar cerrar la puerta, la niña y su "amable" cuidadora, salieron del baño y nos dejaron ingresar.


Bueno, pues la cosa no acabó ahí. Estos cumpleaños se celebran a media tarde, hora de la merienda, y, por supuesto, hay comida y dulces para los niños. Bueno, ahora ya no solo para los niños, sino que una debe también pensar en los acompañantes, más hambrientos por lo general que los propios niños, que muchas veces ni prueban la comida.


Sabido era que este cumpleaños prometía buenos dulces, la mamá es repostera, por lo que esperaba poder probar sus delicias: muffins, crocantes de manzana, brownies, manás, lo que fuera vaya. Porque todo lo que hace está rico. Pues mi gozo en un pozo, porque francamente, no pude comer nada más que un par de bocaditos, mientras en las mesas y en los bolsos, se acumulaban, cual depósito, todos los dulces habidos y por haber, que se comerían o luego se llevarían en bolsitas o en las mismas servilletas que luego escaseaban para limpiar los labios de chicha de tu hijo. La verdad es que sorprendida, no atinaba a adivinar el por qué tenían que acumular y llevarse toda la comida, y que el resto de personas no pudiéramos ni probarla. A caso no les dan de comer en sus hogares de adopción? O es que es parte de esas cosas que allí no pueden comer porque está destinado solo a los dueños de la casa? Ahí no pude evitar acordarme de la película Que oras ela voltas? que vi recientemente en el Festival de Cine de Lima, que por cierto, recomiendo a todos que la veáis.


Así que sin casi ni comer, ni poderme sentar, la verdad es que el santo se me hacía cada vez más pesado.


La cosa estalló a la hora de la piñata, donde niños y adultos que empujaban a niños y recogían o gritaban para que los niños recogieran más que los demás, terminó en tragedia, con varios niños en el suelo llorando y empleadas en el césped en posición de camuflaje, que hacían tropezar a los más pequeños, y a los más crecidos también. El resultado, parecía una batalla campal, donde cada uno miraba por sí mismo, con heridos, gritos y lloros, todo mezclado.


Claro, mi hijo salió aterrado, y pidiéndome irnos a casa, porque no le gustaba ese cumpleaños. Y la verdad es que no me faltaron ganas de salir en ese mismo instante.


Por suerte, los padres del agasajado, visto el alboroto, y la hora, tomaron riendas y decidieron de una vez culminar la tarde con el pastel, las velas y la canción cumpleañera que haría que acto seguido, la gente desapareciera del lugar, dejando el desorden y los restos, pero también la tranquilidad en el lugar.


Tras la soplada de velas, efectivamente, no nos faltó tiempo, ni a nosotros ni a nadie, para coger sus cosas e huir del lugar. Yo con un asombro por lo que acababa de ver y vivir, y mi hijo con un cansancio y hambre voraz.


Nuevamente me quedó confirmado el echo que NO debo ir a estos cumpleaños masivos, y menos si son entre semana, y no hay mamás que vean o controlen lo que las personas que cuidan, educan y en teoría dan ejemplo a sus hijos, hacen cuando se reúnen y ellas no están. Otro cantar sería, o espero que sea, bajo su mirada.


Siempre lo he dicho, y sigo pensando lo mismo, uno debe dejar el cuidado de sus hijos, no solo a alguien bueno y que los quieras, sino también a alguien que cuide de ellos, los eduque, forme y pueda servirles de ejemplo. Tanto tema por llevar a tu hijo al mejor colegio de Lima, como para que luego en casa desaprenda todo lo aprendido...


Feliz Cumpleaños!