jueves, 20 de febrero de 2014

Bubble Gum

Os habéis fijado lo difícil que es comprar chicles en Perú?

No sé si a nadie más le ha pasado, pero yo no encuentro.

Yo soy chiclera por excelencia. Me encantan los chicles desde pequeña, por el sabor, y sobretodo por su efecto desestresante.  Puedo hacerlo durar horas, aunque ya se convierta en algo insípido y aveces duro, pero lo sigo masticando sin parar.


No me gustan los sofisticados, con sabores novedosos, con gel en su interior o chispitas de no sé qué, ni todas esas invenciones que corren hoy en día por los supermercados. Me gustan simples: amentolados, de clorofila, menta, hierba buena o algún que otro sabor ácido.

En España, tú vas al súper y encuentras esos packs con 4 o 6 paquetes de chic

le, con lo que tienes chicles para todo el mes. Aquí, contrariamente, casi sólo encuentras paquetes con chicles con una especie de juguito dentro, o paquetes de sabores exóticos, demasiado dulces a mi gusto y solo con menos de 10 unidades por presentación que casi tienes que reutilizar para que te cubran la semana. Incluso alguna vez he probado esos que venden en los kioskos, cajitas donde entran como 3, y que aparte de contener más azúcar que un Kitkat, pierden el sabor en menos de 10 masticadas.

Total, que no encuentro chicles, y mi stock de chicles navideños importados directamente por vía aérea dentro de mi maleta, ya se está agotando. ¿Y ahora qué?

Llevo semanas buscando en Wong, Plaza Vea y otros supermercados, y de verdad que no encuentro nada, ni los simples , ni los sofisticados. ¿Se han discontinuado?


S.O.S. si alguien viene de España, por favor, ¡¡necesito chicles!!

viernes, 14 de febrero de 2014

San Valentín no existe. Sant Jordi sí!

Cuentos chinos y de princesas

María de las Mercedes cada año esperaba con ansias la llegada de San Valentín. Meses antes ya prendía velitas a Santa Rosa para que le concediera el tan esperado príncipe azul que todo el mundo le prometía que llegaría – Hija, tarde o temprano llega. Existe el hombre perfecto! –

Con el paso de los años, María de las Mercedes había dejado de ser una niñita soñadora, para ser una adolescente rebelde y con las cosas claras pero seguía creyendo en la llegada, algún día, de ese caballero montado, que la rescatara y la convirtiera en la más dichosa de las chicas del barrio.

San Valentín volvía a pasar, como cada año, pero nada, no clavaba en nadie su flecha portadora del amor ideal y cegador.

María de las Mercedes sí había tenido sus amores pasajeros, pero esperaba ese hechizo especial que varios describían, y que ella nunca había llegado a sentir por nadie.

Los años pasaban y todos sus amores también.

Con el tiempo, acabó por convencerse que su príncipe azul posiblemente habría acabado mal herido en alguna batalla contra algún dragón porque no llegaba, y ya no creía que fuera nunca a llegar. Acabó por olvidar a los príncipes y princesas de sus cuentos de hadas y a asumir la triste realidad.

En su puestecito de dulces, junto a la Av. Canaval y Moreyra, mucho jóvenes prometedores la cortejaban al pasar. Pero no fue hasta el día en que Rolando pasó y la invitó a un chocolate, cuando ella levantó la cabeza y le sonrió. Él pasaba seguido por su humilde puestecito en pleno centro empresarial y le robaba una sonrisa. Poco a poco María de las Mercedes, sintió lo que por mucho tiempo había estado buscando. Las risas y las largas charlas en un barcito del centro Lima, a donde él la invitaba, fueron intensificándose y descubrió, que se había enamorado de él.

Rolando y sus promesas un buen día desaparecieron, así como habían llegado, sin avisar. A pocos días de San Valentín.

María de las Mercedes lo buscó hasta la saciedad, pero nunca pudo encontrarlo ni saber más de él. ¿Fue realidad o fue un sueño?

Mucho tiempo después, recibió una nota sin remitente, pero ella sabía quién la había escrito. La nota solo decía: - Perdóname, San Valentín no existe.

Frío - Jarabe de Palo
http://www.youtube.com/watch?v=4QPIcHNCQ88

jueves, 9 de enero de 2014

¡ESPAÑOLA tenías que ser!

A una siempre le cuesta regresar a casa.

A ver si me entendéis, con casa, me refiero a mi dirección postal, ósea donde vivo regularmente, todo el año.

Una nunca quiere irse de “casa”. Y por “casa” me refiero al lugar que te genera esa añoranza, a donde siempre quieres volver.

Mi casa está en Lima, mi “casa” está en Barcelona.

Bueno, como decía, volver a casa siempre me cuesta, y mucho. Los días en Barcelona se me hacen extremadamente cortos e intensos, y al final, pasan los días que una ni cuenta se da. Te faltan días para todos, y para todo lo que querías hacer y de alguna manera te acabas frustrando una vez más, y acabas frustrando también a los otros.

Volver a “casa” es siempre una alegría, pero también un estrés. Siempre acabo pensando que debería ir a “casa” más seguido, pero el tema de trabajar para alguien y tener 30 días de vacaciones al año, no ayuda, y menos lo que cuestan los billetes hacia Europa. Al final, visitar y estar con tu familia y tus amigos una vez al año, y por pocos días, siempre sabe a poco. Por eso, volver a casa, es siempre trágico para mí.

Siempre intento pensar en lo bueno que me espera: un departamento frente al mar, la rica comida, no tener que planchar, mi trabajo, y de alguna manera los amigos que he ido cultivando también aquí. Intento no pensar en lo malo, sino ya no vendría.

Aterrizar en Lima es casi siempre mi peor pesadilla, pese a que debería ser un alivio después de 12h seguidas de vuelo, sin moverse, en un espacio de menos de 1m2. Cuando dicen en el avión: “Bienvenidos a Lima, la temperatura es de…” cierro los ojos y no puedo evitar en pensar… de nuevo aquí, y ahora un año más para poder volver a “casa”.

Normalmente, me subo al taxi, y empiezo a pensar con ilusión en todo lo que llevo en la maleta: los regalos de navidad, los embutidos y los quesos, las cosas que he comprado, libros y recuerdos que voy trayendo para tener cerca … y me voy poniendo de buen humor.

Este año, al llegar a Lima, casi que solo pisar tierra, tuve ya una “malvenida” que casi hace que me acabe peleando en plena salida del aeropuerto.

Después de las 12h de vuelo, más el echo de casi no haber dormido, porque mi vuelo salía a las 6 am, y soportar con un niño de 3 años más una escala de casi 5h, llegas y lo que menos quieres es pelearte con nadie.

Recogí las maletas, cochecito y niño incluido, y me dirijo a buscar un taxi bien grande para que entre todo. ¡Por fin me voy a casa!

En la salida de pasajeros acompañados por taxi, se para señora plus carrito, y su estimada hija plus carrito respectivo, a saludarse, abrazarse y alegrarse por el encuentro con una amistad, obstruyendo queriendo o sin querer, toda la salida para los que nos encontrábamos detrás.

Amablemente, el taxista pide su avance, y es ignorado. Yo, detrás de mi carro, insisto, y pido: “Por favor, señora, puede avanzar para que podamos pasar?” -La señora en cuestión se gira me mira como diciendo, qué te pasa, no ves que estoy saludando? -Yo insisto: “Señora, todos queremos irnos a casa, por favor, puede ponerse a un lado?” La señora, de mala gana mueve su carro, y su hija, cual bulldog malcriado, empieza a gritarme diciendo que ella ha tenido que esperar a que yo saque mis maletas de los escáneres de control de equipaje. Claro yo respondo que, como todos, llevamos equipaje y tenemos que esperar nuestro turno. A lo que ella se pone peor y empieza a decir que qué suerte que venimos relajados de vacaciones… yo ahí ya me callo, y le pido que solo avance y me deje pasar, que estoy cansada y me quiero ir a mi casa. La tipa, malcriada como ninguna, detecta mi acento, y no atina más que a terminar diciendo: ESPAÑOLA TENÍAS QUE SER!

Al oír eso, me paré la miré, y decidí contener lo que estaba a punto de decir. Mi marido en mi defensa le gritó algo, y ella se puso peor. Yo simplemente me fui, para no entrar en conflicto.

La verdad es que la pituca malcriada que me crucé, y que se cree reina y princesa de por donde pasa, me llegó, y me llegó mal, pero me llegó peor cuando de alguna manera atribuyó mi derecho a quejarme y a pedir (educadamente) que fuera cívica, a que fuera española, o extranjera en general. Como si, ella, por ser peruana con aires elevados, pudiera mandonear al peruano de a pie, por ser un ente inferior y que no se suele quejar.

Desafortunadamente, hay un grupo de peruanos altivos y con aires de superioridad, acostumbrados a mandar y a hacer lo que quieren, que se comportan de forma como la descrita o peores, despreciando e ignorando los derechos de los demás.

Esto yo lo veo a diario, y no lo soporto ni tolero.

Lo que me da pena es ver como el peruano, en general, tiende a callar y no decir nada, y esperar. El civismo lo debemos respetar y exigir, y eso sólo lo puede incentivar el mismo pueblo, los ciudadanos.

La llegada fue como levantarse con el pie izquierdo, o un baldazo de agua fría (aunque fuera en pleno verano), y volver de un golpe a la realidad limeña. Las cosas poco a poco mejoran, pero sigue habiendo mucho por hacer.

Ánimo!