Poca cosa tiene uno que contar, cuando después de cinco años, no ha podido volver a pisar Lima, ni nada que se lo parezca. Tus hijos crecen, les sigues contando las anécdotas de siempre, de cuando estábais en el otro lado del planeta, y todo te parecía diferente e incluso cuestionable o anecdótico.
Pero desde que vuelves, regresas a lo que en teoría era tu casa, ya empiezas a olvidar, y a idealizar, y ya no acabas de saber qué tanto era verdad, y qué tan verdad seguirá siendo ahora.
Y relees los textos, y pese a todo aquello que te irritaba, sientes añoranza.
Años de cambios, de volver a empezar (cada vez que te mudas, vuelves a empezar) en muchas cosas. Una pandemia de por medio, y todo aquello que ha removido en nosotros, en nuestra forma de vivir, de pensar, de relacionarnos.
Y esas ganas de volver allí donde pasaste meses, o años, pero con el miedo a revivir con melancolía los recuerdos, al ver la calle donde viviste, la tienda donde comprabas (ahora tal vez convertida en un bloque de pisos modernos), el parque donde paseaste, o aquel restaurante en el que te reunías con aquellas personas especiales. O el miedo al volver y darte cuenta que todo ha seguido, normal, como si nada, pero sin ti.
Más de 17 años sin volver a Berlín, que se dice rápido, otros 5 sin volver a Lima y ya 3 años sin pisar Rotterdam. Ciudades que han sido tu casa, tu hogar, parte de tu historia. Con sus momentos difíciles, de adaptación, pero también con sus momentos de gloria y muchas, muchas alegrías. Sentir que formas parte de allí, de allá, de aquí, y de ninguna parte, y añorarlas todas a la vez.
Melancólicos sin patria, habitantes universales, nostálgicos del pasado, y ansiosos por nuevos futuros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario