Una debe reconocer, que en momentos como estos, de gestación me refiero, no está con mucha paciencia, y toda esa tolerancia y paciencia, desarrollada y aumentada durante los años, hay días, que se van al tacho y una acaba reventando, y mal.
Por suerte nunca he sido una busca-pleitos, y más bien, me hago la loca, mordiéndome, en cierta manera, la lengua y algo más profundo, para evitar entrar en peleas con nadie, y no estresar ni al bebé, ni a mi misma.
Pero, inevitablemente, hay cosas con las que no puedo, y una de ellas, con estos guarda-espaldas, o policías de tránsito, que acompañan a no sé qué personalidades, siempre con una enorme prisa por llegar a su destino, saltándose ellos, y haciendo saltar a los demás, todo tipo de normas de tránsito, señales y límites de velocidad, para que el coche en cuestión llegue a su destino, sin soportar todo el tráfico que el resto de habitantes de la ciudad, tenemos que soportar a diario, y además, madrugar, para llegar a la hora.
Se entiende que personas de tal calibre, tienen preferencia e inmunidad ante las normas de tráfico, y cualquier multa, que claro, ellos no pagan, pero que cualquier ciudadano de a pie (excepto combis y taxis, claro), deben pagar.
Pues claro, ante tal injusticia, una se pone terca.
El otro día, yendo a la piscina, unas de estas flamantes y relucientes motos, con sus luces de colores parpadeantes, se puso detrás de mi, mientras esperaba que el semáforo prendiera su luz verde, y poder seguir mi camino, de bajada a la Costa Verde. Yo, en vista de que al semáforo le faltaban solo 15 segundos para cambiar de color, hice caso omiso a los moteros que me acosaban con sus flashes de luces. Segundos más tarde, ya me estaban pitando y hablando por el altavoz, exigiendo que me saltara el semáforo, aún en rojo, mientras otros coches que venían en otro sentido, cruzaban frente a mi, poniendo en peligro mi vida y la de los otros, y arriesgándome a ganarme una multa, porque el semáforo tenía cámaras. Les señalé que el semáforo estaba en rojo, y que se esperaran. No iba a cruzarlo.
Bueno, ahí se montó el show, en esos diez segundos restantes, en los que me estuvieron gritando por los altavoces para que avanzara mi vehículo, incumpliendo con el reglamento, cosa que no me dio la gana de hacer, y aguanté como pude, la presión y la vergüenza, de sentir que todo el mundo me miraba.
Finalmente, el semáforo, tras 10 segundos que se volvieron eternos, dejó el rojo para volverse verde, y ahí avancé y dejé avanzar al tal Sr. Apurado con poder, que quería pasar y zurrarse con todos.
Desde aquí, hago una llamada para detener tal injusticia y abuso de la autoridad de estas personas, y de los policías que los custodian, que, a parte de hacerlos inmunes indebidamente, ponen en riesgo la seguridad de tanto los otros vehículos como los peatones que cruzan, por no tomar las precauciones necesarias, por no hablar ya del escándalo acústico que ocasionan por allá donde pasan.
No son ambulancias y no tienen ninguna emergencia.
No los voy a dejar pasar, ¿y tú?
No hay comentarios:
Publicar un comentario